Thursday, August 17, 2006




Un diseñador invisible

No estamos acostumbrados a presenciar un desfile o la presentación de una colección, sin que el diseñador atraiga por sí mismo. Muchas veces, inclusive, el que una prenda se consuma, o no, depende casi en su totalidad, de la imagen que el consumidor tiene formada en su mente de quien lo crea.
Sin ir más lejos, recordemos el caso de Versace, con su estética de la ostentación, el culto a la fama y el poder. Sus colecciones, si o si, debían estar presentadas por las súpermodelos, como Naomi Campbell o Claudia Schiffer. El espectáculo no era únicamente presentar las prendas, sino, todo lo que se montaba alrededor del mismo: la prensa, las personalidades que asistían, el diseñador como protagonista único e indiscutido de todo ese show.
Como caso totalmente contrapuesto, está el diseñador belga Martín Margiela, quien presenta sus creaciones en escenarios tan inpensados para Gianni como puede ser el andén de un metro o un estacionamiento abandonado.
Margiela nació en Bélgica en 1947. Se graduó en la Royal Academy of fine Arts en la ciudad de Amberes.
En 1984 se unió al grupo de Jean Paul Gaultier, experiencia que lo influyó en su concepción del diseño de modas.
En 1988 decide separarse y funda su propia firma, la cual dirige en la actualidad, además de tener un contrato para la Maison Hermes para quien diseña prendas y accesorios.
Entre las características más salientes de este diseñador, se puede resaltar el hecho de que no se lo conoce personalmente: ni la prensa, ni los editores ni el público saben cómo es. Huye de la fama, por eso sus desfiles no se hacen en los lugares convencionales con los paparazzi. Prefiere presentar sus colecciones en barrios de inmigrantes o fábricas abandonadas.
Su ropa es modelada por mujeres comunes, a quienes recluta en las calles.
En los últimos años, presenta sus colecciones a través de videos, sin escenografía ni música, sólo maniquíes y perchas de las cuales cuelgan sus diseños.
Jamás da entrevistas, y si lo hace contesta pocas preguntas vía fax.
Sus prendas jamás las firma: la marca es sólo una etiqueta negra. Las colecciones se identifican con un número.
En el año 1989, Margiela invita a las editoras más renombradas del mundo de la moda a un desfile en uno de los barrios de inmigrantes más pobres de París.
Allí, en un lugar lleno de escombros, chicas “comunes” con los ojos pintados de blanco desfilaron, ante la mirada incrédula de los espectadores, trajes con los forros de los bolsillos llevados para afuera y las costuras visibles y, hasta hilvanadas.
Ese acontecimiento se llamó “Destroy Fashion”, y fue lo que dio paso a uno de los movimientos más vanguardistas del mundo de la moda: el desconstructivismo.
Así la moda fue reivindicada como arte, y no tan sólo como fuente comercial, a la manera de la idea japonesa que propone al vestido “como un fin en sí mismo” sin tener que doblegarse a la belleza humana.
Este diseñador utiliza siempre colores neutros, como blanco y negro.
Contrariamente a lo que se podría suponer, las prendas no son estrafalarias, sino de un corte sentador y vanguardista.
Sus diseños son piezas únicas, hechas con materiales reciclados y customizadas. Esta originalidad hace que sean muy buscadas por sus fieles seguidores.
Muchos definen su estilo como minimalista o avant garde, pero lo cierto es que, más allá de todo lo que s epueda opinar, este hombre ha creado un lenguaje propio en el mundo del diseño, probando que se puede crear y vender presciendiendo de la presencia física del diseñador. Martín Margiela: un caso que demuestra que la obra puede trascender a su creador.

Para conocer más, podés ingresar a http://www.maisonmartinmargiela.com/.

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